Una historia de amor, de pérdida, y de todo lo que florece después.
Casa Sofía nace del deseo de perpetuar la memoria de mi hijita, Sofía Isabel. Mi niña, mi princesa esperada.
Ella vino al mundo un 15 de agosto de 2013, pero su llegada estuvo llena de tropiezos y de lucha por vivir. Había nacido con Trisomía 13. Los médicos no le daban ni una noche de vida.
Lo que debía ser un momento de alegría se convirtió en un mar de incertidumbre y dolor. Fueron cinco meses en la unidad de intensivo, luchando por la vida de mi niña. Todos los días los pasé en el hospital, preparándome para cuando fuera dada de alta.
Cuando por fin salió, sentí mucho miedo de llevarla a casa: su vida estaba en mis manos. Aprendí a manejar el ventilador, a succionar su traqueotomía, a limpiar su gastro. Aprendí a ser su enfermera y su terapista. Su cuarto de princesa se convirtió en una unidad de cuidado intensivo.
Dimos todo lo humanamente posible para que mi ángel tuviera una vida corta, libre de dolor, y llena de todo el amor del mundo.
Un 28 de agosto de 2014, Sofía se nos fue. La acurruqué por última vez.
"Su corta vida me enseñó a valorar lo verdaderamente importante: los momentos, el amor."
Ya Sofía no está a nivel físico, pero sigue en mi corazón. Cada vela que enciendo en su nombre es una forma de seguir hablando con ella, de mantener su luz encendida.
Casa Sofía existe para perpetuar su historia, y para acompañar a cada madre que esté atravesando algo similar — para recordarles que el dolor también se puede transformar en algo hermoso.
¿Por qué velas?
Una vela se enciende, acompaña, y se queda encendida hasta el final sin pedir nada a cambio. Así queríamos honrar a Sofía: con algo que trajera luz y calma a otros hogares, de la misma forma en que ella trajo luz al nuestro.